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La bruma (las nubes, los ojos, las manos…)

Luis Felipe Ortega
Centro Fotográfico Álvarez Bravo
10 de marzo 2023
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La bruma (las nubes, los ojos, las manos…)


… quizá no habría que escribir nada ni intentar decir nada. Quizá cualquier palabra valdría para incidir sobre la bruma en que insiste este proyecto.

Y si hay un intento de aproximarse, de estar o de aludir a la bruma, entonces hay que dejar que sea la opacidad y no la nitidez la que permanezca aquí.

La bruma es una cierta forma del retardo, una manera de dilatar la llegada de la transparencia, de la visibilidad.

La bruma no deja ver.

La bruma quiere cosificarse y hacerse barrera.

Quiere estar entre esto y aquello.

Que Efraín Constantino haya titulado a este proyecto Bruma (Kiri en japonés), me parece un intento de reiterar y de asumir la reiteración como mecánica de producción: ahí donde no deja ver hay una insistencia de la mirada (y solo la reiteración de esa mirada va decantando una imagen que es inacabada).

Una imagen (quizá la imposibilidad de una imagen más en medio de una sobreproducción de imágenes, una imagen quizá como el único lugar que no atiende a la claridad, quizá lo único que ha de ir y regresar como posibilidad, una imagen-ceguera… un tiempo para abolir todo lo que se ha vuelto cotidiano. La imagen sin referente que se vuelve lugar para estar en el mundo: imagen-mundo).

Cito una larga frase de Efraín sobre este proyecto:

Límite del material (procesos cruzados, película vencida, ruido, error, azar, etcétera). Límite de la visión desde las imágenes hasta la percepción fisiológica (donde jugará un papel importante la museografía). Límite de lo fotográfico (otro ejemplo, a la serie de las nubes, que en realidad es el tránsito de unas nubes que cubren a la luna llena, le falta dos imágenes que se perdieron en el registro –error mío, pero un "accidente feliz", una la llevé a negros casi absolutos, y otra a blancos en el trabajo en el laboratorio). Límite del autorretrato y de lo visible y de lo vuelto visible e invisible.

… quizá debemos ir directamente al lugar más sensible de esta imposibilidad, a ese sitio donde los límites de los que habla Efraín estarían logrando su máxima manifestación: los huecos entre una imagen y otra, el borde de la imagen fotográfica (¿quizá por eso la necesidad de secuencias cuyo propósito es dejar huecos y hacer espacio entre una imagen y otra?). Pensando en las dos películas que presenta aquí: ¿quizá todo el montaje está dirigido a proponer espacios en negro? Pienso en los huecos, los negros y los silencios, ¿será entonces que es ahí donde hay que poner atención y dejar pasar los momentos de imagen-bruma?

En Bruma se manifiestan abiertamente dos de los géneros más recurrentes en la historia de la representación: el paisaje y el retrato (autorretrato). Desde ahí han de generarse en este proyecto una serie de vínculos afectivos con esa historia. Efraín insiste en su relación con la fotografía japonesa, en particular con Araki Nobuyoshi y Moriyama, desde luego se dejan ver esos vínculos y los diversos aprendizajes, una crudeza abierta que quiere evitar matices: pienso sobre todo en los rostros de Moriyama, en los labios, los ojos, los gestos… la obra se torna honesta, quiere ser clara y asumir esa trama de relaciones, construir una plataforma desde la cual habrá de moverse con cierta libertad. Así que esos límites de los que habla Efraín se invierten para abrir camino hacia una potencia. Pienso que difícilmente un espectador promedio tendrá la paciencia de ver completas las películas, pero si se atreve encontrará una gran complejidad en la edición y en la composición sonora. Descubrirá también la potencia narrativa del silencio.