¿Te decepciono?

Dibujos de Daniel Guzmán
Luis Felipe Ortega
Acné o el nuevo contrato social ilustrado
1995
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Hacia un destino vacío

Es probable que no exista aún un término que defina a la época actual. Pero sucede, como se ha visto hasta la náusea, que varios acontecimientos están marcando definitivamente este fin de milenio. El ¿sucede?, como límite y especificación de las cosas se amplía hasta saturar nuestros sentidos, nuestras ideas y nuestra relación con el mundo. El escritor norteamericano William S. Burroughs seguramente intentaría una aproximación en términos de enfermedad, de un virus que penetra los cuerpos y todos los espacios habitables; Bataille nos acercaría al Mal; Foucault  a las instituciones disciplinarias; Baudrillad al odio. Sin embargo, nos quedamos con el vacío que siempre provoca el presente, el sucede que nos deja frente a un destino vacío.
Enfermedad, virus, mal, disciplina y odio son palabras que llevan hacia un camino específico y hacia una manera concreta de acercarse o de intentar una lectura del  mundo contemporáneo.
Pero tratándose de la obra plástica de Daniel Guzmán y de los temas que aborda, tendríamos que subrayar estos términos y, necesariamente, agregar otros: violencia, trabajo sexo, cine, espectáculo. Como si quisiera formarse una imagen fiel de las sacudidas que se han impuesto las sociedades actuales, Daniel toma meticulosamente  estos temas y los somete a un juego de relaciones bastante interesantes. Pero nada sería más inútil que tomar estas referencias al pie de la letra, en serio, como si el trabajo se encontrara con una duda y se buscara despejarla.
No. La obra avanza sobre esos temas para convertirlos en un “ajuste de cuentas”, en un territorio de ironías donde se exponen dos elementos básicos: las propias pasiones, gustos y perversiones del artista y la presencia del espectador como sujeto a exponerse, a arriesgar la mirada y sus creencias de las cosas. Tal vez en todo esto, vale la pena ir más despacio.

Hacia una obra del tiempo maloliente. 
Es cierto que entre las series de dibujos que Daniel Guzmán a realizado en los últimos años, lo primero que llama nuestra atención es el tipo de información que nutre los espacios del soporte.
No solamente por la saturación de tintas, lápices y óleos, sino porque esta utilización de los medios le permite ir más allá en el tratamiento y en el involucramiento de cada elemento que compone el conjunto. Le interesa abrir los espacios y las formas, dejar claro hacia dónde apunta su interés.
La narración va hacia el fondo y viene hacia el espectador de manera de segmentos. Los motivos, en este caso, son granadas que estallarán en cualquier momento.
Otros elementos infieren. Las palabras dibujadas pueden hacer que brinque el seguro y se produzca el fin deseado, que transgreda nuestros referentes  y salgan volando algunos nombres, algunos lugares y otros tantos rincones pasivos. A veces decide solamente dibujar textos, como si no tuviera ninguna necesidad de obligar las imágenes a decir algo, como si no quisiera ocultar el sentido que las palabras llevan con claridad.
Después vuelven a unirse. Daniel Guzmán apunta sobre una superficie la representación de figuras, de cuerpos, de animales, extiende el color y pasa a una “reafirmación”. Sólo entonces dice que se hace similitudes, cambia las intenciones de sus personajes y cualquier desciframiento es una transferencia: ¿por qué tendríamos que ilusionarnos con una imagen y dar con una frase que designa lo mismo y habla desordenadamente? 
Si tenemos ahí algo caótico, esto viene por otras vías . Sale de las fuentes que nutren de información a Daniel. Le interesa la escritura, pero es una escritura que no hay que tratar como si hablara  de la gran madre literatura. Bukowski, Burroughs, Ellis, Amis.  Asesinos todos de las viejas prácticas literarias y de las capillas por donde circula filosofía y creencia. Tanto los escritores norteamericanos como los ingleses han asesinado, sin sabes que la escritura ha dejado de ser un arma sensible. ¿Huele mal? ¿Qué tipo de efecto intenta producir este maloliente panorama? ¿A quién se habla y se le insta de hacer un gesto, una señal en torno a ese acontecimiento? En el centro de todo este discurso que arma el dibujo, tenemos al sujeto; que habla y gesticula, que se mira, y que encuentra en el ahora un tiempo de vigilancia, de personajes dispuestos a delatar por unos cuantos centavos, de ofenderse y ser ofendidos por los malos gustos del presente: ¿usted no denunciaría a su hijo homosexual o drogadicto? ¿ No le gustaría gritar que solamente espera que el mundo sea feliz? ¿No le gustaría denunciar a los sistemas de vigilancia que se aproximan demasiado a un panóptico?.
Cruzando algunos espacios, tenemos que esos olores que se filtran de un dibujo a otro y de una serie a otra, dejan ver a ese sujeto en medio de situaciones peligrosas, incómodas. El retrato crece. Se localizan los vicios y desordenes , los hechos que una vez fueron noticia y después pasaron a formar parte del espectáculo, de la televisión que nos informa cada hora el caso Simpson, de la guerra del Golfo como juego a control remoto. En un dibujo de Daniel, realizado con tinta, aparece Saddam Hussein tomando entre los brazos un arma.
Va vestido de traje militar y de entre las piernas salen dos caras, dos rostros que muestran los dientes como quien quiere asustar a un niño. Arriba un texto: “ parece que la gente no posee lo que creyeron”. Sin duda, volvimos a caer en una historia del poder, del capital y de la demostración de fuerzas. Apagamos la televisión y salimos a la calle.

¿Te decepciono?
Hacia atrás, donde el dibujo funciona como una secuencia que se desvanece, las mujeres y los viejos se encargan de abrir la lectura. Ellas son modelos de una revista porno, muestran sus nalgas y se expresan. Ellos,  son viejos sucios que mientras se toman la verga y se fuman un puro dicen: “y esto me hace sentir un viejo sucio, pero son cosas de la vida”. En otros casos, la palabra “mierda” es una constante, aplasta a los personajes o su forma se convierte en una larga cadena. ¿Qué tenemos en medio de toda esta secuencia? Una de las claves para entender la necesidad relativa de ir aplazando las secuencias, de retomar los temas y sacudir de nuevo las frases, tiene su origen en una forma de decepción que encarna una ironía. Reiterar –volver a decir-, hace una extensión, como los rostros deformados, como los cuerpos que hay que reconocer en un libro de animales fantásticos. La particularidad en este caso es que tendríamos que buscar en un libro de la historia secreta del siglo XX o en un almanaque de malos hábitos, de gustos secretos, de las decepciones y enfermedades contemporáneas. No hay ilusión, no hay más promesas sino un presente de información y saturación de los sentidos .
En esos fragmentos que componen la vida cotidiana, la obligación que se impone el artista obedece a una indisoluble trascendencia de las partes. Aquí nada está negado en tanto que es en esas partes donde Daniel encuentra el peso de las cosas, la carga que el sujeto lleva un mundo donde todo es significativo, desde la televisión hasta la música pasando por todos los medios impresos. Si ahora el espectáculo es permanente (del mismo modo que la vigilancia es total), ¿cómo podemos dejar fuera esto o aquello, cómo podríamos decir que tal elemento no procede?
Si es verdad que Daniel ha mirado hacia los espacios negativos de la vida social y privada, también es cierto que sólo es posible en tanto que coloca al sujeto en el centro. Quizá por eso es importante llevar un recuento de los personajes públicos que ahí se encuentran y considerar la importancia de un trabajo en serie.
Hay una frase que recuerdo siempre porque Daniel la usa constantemente. “Creo, dice Daniel, que la gente no se está haciendo responsable de sus actos”. Recordando esta frase, también pienso en otra que Bruce Nauman dejó en una litografía de 1973: Pay attention Mother Fuckers. También la obra de Daniel Guzmán, pertenecientemente nos dice: Pon Atención, hijo de puta.