Tartamudeos que recurren a ciertos viajes, trayectos, lugares y no lugares

Luis Felipe Ortega
Simposio Injerto. Constelaciones de lenguaje
2011
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Generalmente cuando inicio un proyecto pienso en un lugar al que podría trasladarme. Una acción de desplazamiento geográfico que me permite realizar un primer movimiento físico y una acción de ‘caer’ en el ámbito de la extrañeza. Viajo a ese lugar cargando mis obsesiones sobre la mirada y con preguntas sobre cómo podría generar cierta tensión entre ese sitio y mi propia historia (aquello que soy, aquello que he sido). Generalmente hablo poco con la gente. No me interesa arrancarles una información específica, no me interesa que pasen directamente al ámbito del relato. Comienzo a filmar y regularmente pasa mucho tiempo hasta que comienzo a sentirme cómodo con la cámara, con la manera en que mi cuerpo se comporta con esa herramienta. Varios tropezones me hacen suponer que no estoy haciendo lo que quiero hacer. Aunque en principio nunca sé que quiero hacer. Solamente tengo algunas reglas básicas que me hacen caminar de cierta manera o  navegar en una canoa hacia ningún destino fijo. Podría dar vueltas y vueltas en un sitio sin ningún problema dado que no hay un fin que conduzca mis acciones. Trabajo con el tiempo (desde el tiempo) y acciono en el espacio (desde el espacio), observo el paisaje en su condición escultórica e intento mantener un diálogo honesto con el lugar a través de mantenerme en silencio. Los pretextos que me han llevado a algunos sitios vienen de obsesiones por ciertos pensadores y ciertos escritores. Son una especie de plataforma natural y desde ahí comienzo un ejercicio de tensión, de (des)ubicación de lo que en principio era una idea redonda y bien orquestada, dejo de asumirla como una afirmación y paso a otro momento donde se vuelve mucho más elástica (en un sentido plástico) y entonces puedo comenzar a reconocerla en ciertos espacios, materiales, territorios, lugares y zonas de intersección. Quizá en eso consiste el eje de mi trabajo, en generar desplazamientos y nuevos emplazamientos.  Filmar es un ejercicio de no saber, es la posibilidad de entrar a una zona donde todo está por hacerse. Filmar es no creer que lo que se observa y se registra es algo fijo, definitivo; no creo que el artista sea un investigador en el sentido de ciertas disciplinas sociales (algo tan en boga), creo que es un detective (como quería Bolaño) y que juega a observar con detenimiento un entorno específico.

Tener archivos con el material filmado me aterra y me genera un vértigo terrible. Esos archivos se pueden quedar guardados por mucho tiempo. A veces porque la experiencia me ha hecho cambiar el modo de vida (en el sentido más pragmático, humano y amoroso), y entonces necesito de cierto tiempo para volver a observar el material, para saber que hay que entrar a un nuevo momento. Al momento del lenguaje de la imagen en movimiento. Entrar al montaje, al tiempo de la imagen. A un nuevo recorrido donde cada segundo equivale a la construcción de cierta realidad, de una realidad que solo puede ser habitada desde esos tiempos de imagen. Y entonces el trabajo consiste en desprenderse (si eso es posible) del tiempo de filmación para enfrentarme a una permanente tensión (¿debería decir lucha?), para hacer de ese tiempo de imagen un encuentro con las posibilidad de realizar una serie de preguntas al medio mismo, a sus frases, a sus enunciados y finalmente, a esa totalidad de minutos que podrían desplazar (aunque sea muy ligeramente) nuestro entendimiento de lo real y de una subjetividad que se construye en cada pieza, en cada viaje, en cada montaje. Haya conciencia o no, ese tiempo de postproducción se convierte en una revisión y comentario del lenguaje mismo del video, cada obra nueva lo confronta, lo mueve desde el plano de los balbuceos y tartamudeos (herramientas básicas) y sucede que entonces nos podemos encontrar con una nueva enunciación visual y sonora. Que podemos ir descubriendo capas (frases) que se van sobreponiendo y tejiendo en el nuevo espacio que hemos creado para ellas. Ser parte de esa zona de enunciación hace viable el movimiento permanente de la acción visual y de todos y cada uno de los elementos que participan de ese proceso: permite el desplazamiento de lo real hacia una zona autónoma del pensamiento y las sensaciones, hacia un aquí y ahora donde la única realidad es aquello que transcurre en la pantalla y donde (como creador y espectador) volvemos a situarnos a nosotros mismos: ahí donde somos tocados por ese devenir de las imágenes en un ¿sucede?... y donde quizá no suceda nada.

Desde que comencé a trabajar de esa manera he colaborado constantemente con artistas sonoros. No me interesa que ilustren lo que está pasando en la imagen sino que se desarrolle un lenguaje paralelo, también autónomo, y donde el cruce de ambos acontecimientos sea una más de las estrategias de tensión y distensión del recorrido temporal. Si he utilizado el alentamiento de la imagen para desdramatizarla, me interesa que el sonido encuentre (genere) huecos de silencio. Como un sitio donde queda abierta la posibilidad de que el espectador introduzca sensaciones e ideas, donde el vacío pueda ser ‘llenado’ con la propia subjetividad de quien observa. Cuando ‘no pasa nada’ entonces puede pasar cualquier cosa. En una pieza (Xiriah, 2010) donde tenemos un paneo de 180 grados, con un movimiento que ha sido alentado hasta lo fotográfico, donde el horizonte intenta mantenerse alineado, donde el  sonido es un ruido-abstracción constante… ahí en medio de esos 10 minutos me pregunto siempre en qué está pensando el espectador, sabe que no habrá sorpresa, que el enunciado está claramente planteado, que el fuera de foco de la cámara seguirá así un tiempo. Y entonces creo que la estructura de la pieza permitirá volver a nombrar ese paisaje, ese faro viejo, ese lugar donde sabemos que algo estuvo y ya no está. Lo sonoro dimensiona lo absurdo de la escena, enfatiza su enorme potencial enunciativo, su estar con/y a propósito de lo físico de la imagen.

Cada cosa es reconocible en mis videos. Los glaciares son glaciares, el desierto es el desierto y una fábrica textil es una fábrica textil. No invento nada. Parto de lo reconocible. Quizá todo consiste en hacer que estos sitios, lugares y cosas alteren su forma de ser en el mundo a partir de pequeñas decisiones en la construcción secuencial del evento, tanto en la imagen como en lo sonoro, hay un dislocamiento del eje de reconocimiento, y lo que es habitará de otra manera en lo que está siendoal incorporarse a esta puesta en acción de la imagen en movimiento. Siempre está el qué se dice (la trama, por decirlo de alguna manera), pero lo que es capaz de resignificar el sentido de las cosas (esa manera de nombrarlas) siempre estará en relación al cómo se dice.

Digamos que regresamos a la vieja historia de la poesía, a quien todavía le debemos tantas cosas. Quizá por eso el miedo a nombrarla y a decir que el artista (y específicamente aquel que trabaja en el audio-visual)  puede dimensionar poéticamente su mundo y solo puede hacerlo a través de la conciencia de que su lenguaje es un lugar que reinventa al mundo desde una plataforma poética (lo que no excluye que se multipliquen los adjetivos a esta palabra). Al final, el medio tiene que hacerse invisible para ofrecer la visibilidad de lo que está detrás: la respiración pausada, contenida con las ganas de que las manos se mantengan firmes… se filma con la cámara pegada  al pecho, desde el corazón.