Relevos de vigilancia

Luis Felipe Ortega
La Jornada Semanal, No. 169
6 de septiembre, 1992
Compartir

Como si hubiera un deseo inmediato de hacer sutil la vigilancia, de suavizarla, los departamentos de policía en Estados Unidos siguen inventando diversos métodos que pueden ser compatibles a supuestos “relevos”.
Los modelos de denuncia parecen avanzar con toda delicadeza hacia un ojo que se vuelve invisible.  El policía como principal  denunciante ha sido sustituido por un sistema que está disperso en toda la sociedad.  Tal vez la llegada de la Narco Histeria marcó el inicio de estos nuevos sistemas, empujando como siempre hacia una vigilancia total. Cualquiera puede estar dentro del panóptico para cuidar, averiguar, pasar la voz o señalar.  En todo caso, tendrá que aprovechar la oportunidad pues cuando él salga de ese espacio de denuncia quedará a la vista de su relevo.  “La situación merecer ser analizada”, se queja algún funcionario cuando llega hasta sus manos una nueva fórmula para detener a sospechoso: “No hay que descuidar nuestros derechos”, dice.
Esta especie de cómplice anónimo (un ciudadano común), que siempre está en condiciones de levantar la bocina y llamar a la policía, actúa cumpliendo con una función ansiosa de identificar al enemigo.  Se encarga de agudizar el ojo, de mantener una relación más distanciada con la gente vecina (¿parece sospechoso?).  No se trata precisamente de aumentar  la comunicación para saber qué está haciendo el de al lado: la situación conduce inevitablemente hacia un repliegue,
“¿Usted no desea denunciar a su hijo?”
A la primera semana de agosto, la televisión local de Nueva York informaba del funcionamiento de dos modelos de vigilancia.  El primero se está llevando a cabo en algunos barrios de Los Angeles; el segundo solamente se ha propuesto a las autoridades de Nueva Cork y aún no ha sido aprobado.
El sistema de denuncia de Los Angeles tiene como objetivo principal a los vendedores de drogas.  Este programa quiere ser representativo gracias al papel indirecto que juegan todos los involucrados.  Se ha repartido ante los habitantes de los barrios que tienen mayores antecedentes en el consumo y venta de drogas, unos volantes que invitan a denunciar a los automóviles “sospechosos” que se hayan visto reiteradamente por la zona.  El denunciante habla a la policía para darle los datos de la matrícula del vehículo.  Después la policía rastrea los datos del propietario y le reporta por escrito y a través del correo que se le ha visto en determinado sitio y que se “sospecha” que tiene alguna relación con la venta de drogas; se le recomienda que no vuelva a aparecer en ese lugar o será investigado y detenido.  Tanto los ciudadanos como la policía han declarado que este sistema ha limpiado algunas zonas de los “agentes de ventas”.
El otro programa, el que se ha propuesto a las autoridades de Nueva Cork, está destinado para las personas que han tenido un juicio y que tienen prohibido acercarse a un domicilio.  Se trata de casos donde se han realizado amenazas de muerte o donde se tienen antecedentes de violencia.  Este sistema es controlado directamente por la policía.  En el domicilio “protegido” se coloca un sistema de alarma que hace contacto con el de la policía cuando el acusado se acerca más de lo permitido por la ley.¿Cómo se detecta esto?  El acusado está obligado a tener siempre sujeto a un tobillo el aparato electrónico que activa la alarma.  De inmediato la policía recibe  la señal y llega al domicilio para arrestar al sujeto.  Las personas protegidas no intervienen en absoluto, pues no son ellas quienes tienen que reportar al acusado.
No me parece que estos sistemas impliquen necesariamente una innovación en el ejercicio del poder o que el poder esté interesado en ocultar una tarea que es propia de su ejercicio.
La policía de Estados Unidos ha demostrado que puede ser, y es, gandalla.  Que basta cualquier equívoco para caer en sus manos y recibir senda madriza.  Que no vengan ahora a quiere conciliar una lucha que ellos mismos han promovido.
¡Di no a la Narco Histeria¡ aconseja William S. Burroughs.