Registro óptico

Edith Oropeza
Harper’s Bazaar No. 12
Diciembre, 2000
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Letras, video, cajas de luz, fotografía e instalación; un artista mexicano que hace de la espera, la observación y el registro, un atractivo Lenguaje dentro de las artes visuales.

Luis Felipe Ortega es incapaz de cruzar la puerta de su casa sin antes cerciorarse de llevar un par de cámaras en su mochila. Tampoco es de los que espera en el andén del metro con la vista clavada en el piso o leyendo el periódico, no, este artista mexicano no se puede dar osos lujos. Y es que para hacer sus “registros” no sólo necesita de una gran dosis de paciencia, sino de una actitud de alerta permanente, pues a cualquier hora y en cualquier lugar siempre hay algo digno de ser documentado.
En un pequeño café en la colonia Condesa de la ciudad de  México, el creador de 34 años nos habla de sus fascinantes procesos de trabajo, de sus agotadores viaje, de sus estrategias de registro, así como de su inclinación por la literatura y la filosofía. Pero, sobre todo, de su especial interés por conciliar en un mismo “espacio” cada uno de sus trabajos, aun cuando éstos difieran por completo entre sí.
“Al salir de la Facultad de Filosofía y Letras me dediqué de lleno a la crítica narrativa”, dice Ortega, y agrega: “pero a principios de los noventa llegó un emplazamiento de la escritura hacia lo visual y comencé este proceso en el video y la fotografía”: Enciende lo que parece ser su primer cigarro de la mañana y extiende su explicación: “Inicié este proceso acompañado de algunos amigos de mi generación y, aunque mi interés por la literatura y la filosofía está plenamente vinculado a mi obra, mi preocupación el día de hoy se centra por completo en las artes visuales”.
No pasó mucho tiempo para que diversos espacios londinenses, neoyorquinos, belgas, daneses y, por supuesto, mexicanos, acogieran su obra. “En algún tiempo mi trabajo se redujo a textos escritos sobre muros, pero llegó un momento en que la cita cobró significado y sirvió sólo de pretexto para obras posteriores, como lo que hice con Calvino”. En efecto, hace sólo unos meses el Centro de la Imagen fue testigo de un proyecto en el que el artista, más que hacer una especie de ilustración sobre los cuadernos de Calvino, realizó una referencia especial y temporal con el material del reconocido escritor. “En una de las salas había un proyector que cambiaba de diapositiva cada cuatro segundos, mientras que en la sala contigua estaba el libro, resultado de este proyecto. La idea era que la gente apreciara dos lecturas de una obra en un mismo espacio. El proceso fue largo e interesante; mis colaboradores viven en el extranjero, así que mucho antes de enfocarnos a registrar los conceptos de la obra (como levedad y visibilidad, entre otros) y plasmarlos en papel, invertimos muchas horas en compartir a distancia nuestros puntos de vista y profundizar en la lectura de Seis propuestas para el próximo milenio. Se convirtió en una perfecta obsesión”.
Cuando les pregunto acerca del hilo conductor de su obra, Luis Felipe para en seco, medita unos segundos, y responde sin titubeos: “Los no lugares o lugares de paso… Esos que sirven como punto de encuentro y que van desde un andén de tren o metro hasta la carretera o alguna galería. En esta última, la gente llega, mira y, en el mejor de los casos, se va a la cantina de la esquina”. 
Su reciente recorrido por el Sureste mexicano explica ampliamente el tipo de registro al que fue sometida en esta ocasión la misma carretera. “Manejé durante un mes por muchas horas, deteniéndome eventualmente para descansar. Lo importante era estar en la carretera, aunque de pronto hacía escala en lugares específicos, como una playa, y registraba lo cotidiano: desde niños jugando hasta gente que descansaba, lo que fuera. Resultó ser una experiencia muy íntima, de reencuentro, de ensimismamiento, y de un desplazamiento más que nada interior. Intenté no perder de vista un punto fijo durante todo el trayecto y asegurarme de registrar los cambios de luz, paisaje, horizontes y tiempo con ambas cámaras. Las pocas veces en que detuve iniciaba otro tipo de atemporalidad, de acontecimientos…Al final el material se convirtió en ¡una gran incógnita!”. 
¿El saldo de este exhaustivo ejercicio? Más de 200 imágenes y rollos y más rollos de película. “Regresar es si trajeras cientos de muestras, te metieras a un laboratorio y hasta ese momento vislumbraras algún resultado”. Por ahora, Luis Felipe sigue en el proceso de “laboratorio” y, mientras nos enteramos del nombre del espacio de exposición que será cómplice de su meticuloso proyecto, nos hace un adelanto de sus intenciones inmediatas: “Se me ocurrió animar algunas de las fotos y musicalizar el material con la ayuda de Enrique Rangel, un buen amigo mío… Lo demás, ya lo dirá el mismo proceso”.
Si quieres ser parte de estos registros y visitar los “no lugares” de Luis Felipe Ortega, acércate al Museo de la Ciudad de México, donde se exhibe una parte de la obra de este incansable viajero. Y no te sorprendas si descubres a un hombre –con cámara en mano- que merodea el aeropuerto internacional o alguna zona marítima. Al fin y al cabo, ambos sitios ya están contemplados en su próximo recorrido.