Raymond Pettibon: Dibujos de sí mismo

Luis Felipe Ortega
Complot, No. 91
Octubre, 2004
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Pronto tocará en México Sonic Youth. La primera y única vez que vi a ese grupo estaba en Nueva York haciendo una residencia y mi novia había estado conmigo en el verano. El domingo once de agosto nos fuimos hasta la Central Park con el Tornillo, un amigo de la universidad que vive en esa ciudad desde hace catorce años. Los tres estábamos crudos y no llegamos a tiempo para entrar al escenario. Afuera de este lugar cerrado éramos varios cientos o miles los que nos echamos sobre el pasto para escuchar a una de las bandas más místicas de la escena neoyorkina. Pienso en Sonic Youth, en sus guitarrazos, en la manera en que se han hecho un modo de repetirse, y eso me hace pensar, no sin cierta nostalgia, en los primeros discos que mi amigo Daniel Guzmán me prestó de esa banda. En una porta aparecían  una pareja y un texto largo, arriba el nombre del grupo. Nada más. El dibujo era en alto contraste, sin complacencias en el diseño y sin más atributos que los de la tinta bien puesta y una actitud poco relajada de la pareja; ella fuma, él muestra su cara de sueño detrás de las gafas negras. Daniel me dijo que el dibujo era de Raymond Pettibon, un artista que básicamente había concentrado su obra en una larga serie de dibujos-textos-manchas, como quien dibuja para escribir o escribe dibujando. A mí me parece que ahí todo se vuelve dibujo, las anécdotas son frases no acabadas o enunciados que se han puesto sobre el papel para cerrarse sobre sí mismos. Ahí todo se vuelve autorrefencial: del mismo modo que sucede en Mike Kelley o en Jim Shaw, el autorretrato en Pettibon no es más que una acción reiterativa, una necesidad de nombrar al yo que dibuja, al yo que habla desde un tiempo específico: aquí y ahora, un enunciado de memoria, de trozos de uno mismo.

Un dibujo de 1992, Self-portrail (Behind Your Back), lo deja claro. Los trazos son rápidos y sin regodeos, se han resuelto de golpe, con un gesto que deja los escurridos de la tinta sobre la frente del personaje. No hay detalles, quizá no haya necesidad de ellos; se frunce el ceño y la barbilla cae sobre el pecho. Aquí las palabras no son una forma de aportación a la obra desde el título; están ahí para ser parte de la obra, para completarla, para afirmar su condición: And I Shall send you my life-size portrait. Muchas veces Pettibon llena los rostros de frases, las sobrepone a las líneas, a los colores, escribe para hacer de las palabras una herramienta útil en el cuadro, una larga animación o novela o cómic o fragmento de su vida, al saber que la tinta que está en la frente no termina de decir qué es y qué hacer precisamente ahí.

En Central Park no vimos a Sonic Youth, solamente escuchamos los ruidos de la banda mientras algunos leían, otros platicaban y algunos más dormían con la música de fondo. Ningún escándalo, todo tranquilo aquel domingo.