Nosotros y ellos

Enrique Jezik
El Foco (web)
13 de junio, 2000
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Visita parte de Yo, nosotros en esta galería

Buena parte del arte de nuestros días ha venido encarando, sobre todo en los últimos años, la ardua tarea de indagar la realidad contemporánea sin caer en grandilocuencias ni en doctrinas. Tras el ocaso de las vanguardias y de las ideologías, los puntos de referencia se han ido volviendo cada vez más difusos. En palabras del pensador francés Marc Augé, los referentes colectivos son tan fluctuantes que “la producción individual de  sentido es más necesaria que nunca. “Ante estos cambios, ciertos artistas basan sus meditaciones en entornos menos heroicos, más personales que los de sus antecesores, para iniciar desde allí la construcción de una obra reflexiva, sutil, que rechaza la cultura del espectáculo.

“Entre mis trabajos hay un diálogo y muchas obras son el resultado de colaboraciones a distancia. Yo he propuesto algunos proyectos que luego serán realizados entre varias personas, pero siempre funcionan en relación al nosotros que las nombra. “Con esta declaración, Luis Felipe Ortega desvela un aspecto relevante de su trabajo, que no sólo es parte importante de la exposición que actualmente presenta en el Centro de la Imagen de la ciudad de México, sino que ha sido una constante en el desarrollo de su obra durante los noventas. El trabajo en colaboración del que recordamos sus múltiples obras hechas al alimón con el artista Daniel Guzmán, se presenta aquí como nudo fundamental de la exposición.

Pieza clave, el libro de artista  Seis ensayos… a propósito de Calvino (1998-99) plantea una reflexión a partir del libro póstumo de Italo Calvino Seis propuestas para el próximo milenio. Tras un año de intercambio a distancia de ideas, dudas e imágenes con otros dos artistas en diferentes ciudades (Kathrin Wildner en Hamburgo y Roberto Portillo en Nueva Cork), Ortega logra aglutinar sus pensamientos e indagaciones a partir de las cuestiones planteadas por el escritor italiano (levedad, rapidez, exactitud, visibilidad, multiplicidad, consistencia), en un pequeño volumen lleno de melancólica poesía. Fotografías de situaciones intrascendentes y de lugares de paso se entrelazan con apuntes textuales en un discurso sin estridentes ni dogmatismos, en el que el lector-espectador deberá hallar su propio camino.

Colaboración voluntaria o inconsciente. El artista pretende que las piezas sean “activadas por el espectador, creando entre ellas nuevas relaciones y nuevas distancias”. Y lo logra. En Des(ubicación) (2000), sobre una pila de pósters que reproducen un paisaje sin demasiado interés, se proyecta un texto, las palabras sólo vienen cuando pienso que ya no seré capaz de  encontrarlas. El espectador da sentido a la pieza al tratar de tomar uno de eso pósters y llevarse “la obra” a casa: se encuentra cara a cara con la inmaterialidad de la proyección, de la frase que se escurre entre sus dedos devolviendo su trivialidad a la fotografía.

En la obra Tres emplazamientos (1999) el artista nos presenta en proyecciones de video, tres secuencias aparentemente inconexas  para el observador desprevenido. Sin embargo, un vínculo que podríamos llamar subterráneo las conecta:

Una de estas imágenes, a la izquierda, muestra una carretera en primer plano, con paisaje al fondo. La cámara nos impone un punto de vista fijo, otra vez la ventana renacentista pero ahora enmarcando desapasionadamente un punto cualquiera de un  trayecto indefinido, encuadre por el que atraviesan vehículos diversos en una arbitraria carrera sin sentido. Van vienen de y hacia la nada, en ritmo aleatorio.

La imagen de la derecha presenta un continuo fluir acuático. Cámara fija que se  desplaza sin cesar, que pone de manifiesto una absoluta decisión de avanzar. Pero ¿hacia dónde va? ¿De dónde viene? No hay principio ni fin, sólo movimiento.

En el centro, en una toma central cenital vemos al artista caminando por una cuerda floja colocada a pocos centímetros del piso. Una y otra vez este acróbata del absurdo cruza en diagonal la porción del espacio que la cámara permite que veamos, fluctuando entre aquellos dos polos de movimiento y contemplación. Al bajar de la cuerda (ya fuera de cuadro) ésta se tensa de golpe y el sonido que produce impone un ritmo sobre la cacofonía proveniente de los otros videos.

La austeridad es un rasgo distintivo de la obra de Luis Felipe Ortega. No hay afirmaciones ni certezas, no hay conclusiones. Cada pieza abre el fuego de la reflexión, pone sobre la mesa algunas cartas que habremos de barajar a nuestra cuenta y riesgo. “Se trata de fragmentos que inciden en una lectura abierta”, escribe el artista.

En la exposición se articulan fotografías, video y una serie de pequeñas piezas tridimensionales en las que el artista “Ahonda en la escenificación de lo que podríamos llamar un nihilismo de la contemplación”, en palabras del crítico Cuauhtémoc Medina.

Un minúsculo, solitario personaje de plomo mira fijamente fotografiado (Sin Título, 1999) ¿Fuga de la realidad? ¿Contemplación de lo inalcanzable, de la utopía? En diez maneras de olvidar a Pilles Deleuze (2000), de nuevo encontramos al personaje  en miniatura, rodeado de montículos de guijarros. Entre paradigmas de inmovilidad (¿qué cosa más estática y anclada a su lugar que un montón de piedras apiladas?), el microtranseúnte contemplativo parece dar la espalda a las teorías del nomadismo sin cejar en su propio viaje.

La cita literaria es una práctica habitual en Ortega y dado que ha centrado buena parte de sus especulaciones en el mencionado libro de Italo Calvino, citemos a este autor, para quien la fuerza de Perseo está siempre en un rechazo de la visión directa, pero no en un rechazo de la realidad del mundo de los monstruos en el que le ha tocado vivir, una realidad que lleva consigo, que asume como carga personal.

Esa mirada desviada, como de reojo, permite al artista una toma de distancia frente a su objeto de investigación. Evita aseverar hacer declaraciones; prefiere señalar, hacer quizá alguna observación, dejar implicaciones por descubrir.

Frente a las obras de Luis Felipe Ortega no es posible la pasividad, los espectadores somos urgidos a cruza los umbrales que se abren para integrar ese “nosotros” que cerrará el círculo. Tenemos la última palabra. Pongámonos en acción.