Luis Felipe Ortega

David Ulrichs
Revista Lápiz, No. 223
Mayo - junio, 2006
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A menudo nos encontramos paralizados ante nuestra propia imagen observándonos a través de varias pantallas de televisión en escaparates. Así, los transeúntes de mirada fugaz pueden permitirse echarse hacia atrás ante el escaparate del MAAC, y  rápidamente darse la vuelta con la esperanza de vislumbrar su propio pie. Algo imposible. No se trata de tomas en directo , sino de videos grabados en otros lugares, en Nueva York o México. La experiencia equivale a una confrontación con nuestra obsesión por nosotros mismos, un individualismo fomentado, al menos en parte, por el alejamiento respecto al otro que nuestras ciudades incitan. Vivir aquí supone renunciar a nuestros horizontes naturales y sustituirlos por edificaciones. Luis Felipe Ortega nos hace conscientes de esto dejándonos redescubrir la importancia de mirar la distancia. 

Sus videos sin título (Zócalo), 2002, y Something Happens, Nothing (Times Square), 2002, son tomas fijas que muestran los pies de personas andando en Ciudad de México y Nueva York, respectivamente. Si bien puede resultar interesante comparar los diferentes zapatos que se calzan en la profesional Wall Street con los de la turística Plaza del Zócalo, lo que nos impacta es el bloqueo constante de nuestro horizonte. 
Intentamos resueltamente unificar el campo visual desde nuestro punto de vista hacia un punto de enfoque distante. Y sin embargo, nuestros musculos oculares, debideo a esta dilatación de pupilarepetitiva y forzada, terminan por acusar la tensión. Sin embargo, esta tensión tambien nos afecta a nosotros. Esta es nuestra vida: una vida urbana desorientada que nos vive a nosotros, ya que hemos perdido el enfoque necesario para poder vivirla nosotros.
Debido al tiempo cada vez mayor que pasamos en ciudades y frente al televisor o a pantallas de ordenador, la necesidad de relajar la tensión ocular nunca ha sido tan grande. The Shadow Line (2004), de Ortega, es un ejercicio que tiene esa finalidad. Representa las diferentes lineas del horizonte que el artista encontró en un solo dia en el Amazonas. A pesar de que solo estamos mirando una proyección de video en pantalla plana, en comparación con los videos anteriores, tenemos la impresión de mirar en la distancia. 
La pieza final –Before the horizon (2006)- es una auténtica joya. Si bien la piedra caliza de doce kilos, bastante pequeña aunque pesada, dista mucho de ser siquiera una piedra semipreciosa, su propietario la ha convertido en aldo de incalculabre valor sin interferir en su estado natural. Posada sobre una malla de innumerables cordones de algodón a los que simultáneamente e irónicamente mantiene cohesionados, y que se estiran desde la pared hasta el centro de la sala, esta roca parece flotar ingravida más o menos a la altura de nuestra mirada. Nos acercamos a ella como lo haria una araña a su presa, o como nos acercaríamos al Otro, con cuidado y respeto, con temor y compasión.