La realidad es siempre traslúcida

Luis Felipe Ortega
La Jornada Semanal, No. 47
6 de mayo, 1990
Compartir

Carlos Chimal, Cinco del águila, Era, México, 1990.

Cinco del águila es un libro que nos intenta sorprender. Sus relatos se transportan por lugares bien conocidos. La realidad, aún cuando se asoma al umbral de un sueño, es un viaje que pretende desnudar las calles, las grandes urbes y termina en lo irónico de los lugares mitológicos. Si María Sabina era parte del rito de los años 60 y 70,  no podían faltar California y Moscú: lugares que en Cinco del águila dejan a sus personajes un aire de desilusión.
No es de extrañarse que los diez relatos que forman este libro, prefieren caminar sin ningún hilo que los mantenga en equilibrio, sin ninguna voz  que tenga piedad con el que se enfrenta a él. Y si a Carlos Chimal no le interesa el equilibrio, es porque se arma de una narrativa limpia, sin rebuscamientos que se alejan del relato mismo. Nunca busca la  sorpresa y, sin embargo, ella deviene como consecuencia de un saber narrativo, sostenido con la certeza de que su escritura no pretende tomar por asalto a los transeúntes, tampoco a los lugares. Lo que quiere es sostenerse del viaje y  de los sueños; saltar sin arbitrariedad a la fábula: mantenerse en la realidad.
El primer relato (La raza), se desarrolla en la ciudad de México, y es también su despedida con los gritos de la banda, los jodidos de la colonia San Rafael, que dicen cargados de chemo, caguama y un son: “ésta.. es la neta, pero everibody nos vamos a ir a un gran desmadre, el caos de la violación mundial: allá nos vemos”. Y los relatos que le siguen se van para allá: Londres, Guadalajara, Persia, Azerbaidján y, por qué no: La Sierra Mazateca.
Y entonces el caos es irreversible, es nihilismo preparado con nostalgia, aventura, reflexiones del movimiento punk y su música que se vende cara, las drogas, y el periodista muerto de sed por localizar al Pink Floyd. Cada relato es un lugar, pero también una muestra sin refractario donde hay pocas posibilidades de añoranza. Así “ahora María Sabina quiere una fanta” es ironía como último recurso, una vuelta más por donde transcurren “El machín”, “La chava” y “El vago”.
El interés por estos relatos se gana desde las primeras líneas y se mantiene gracias a que Chimal demuestra que sus  riendas como escritor andan sueltas; le cuesta soltar el último relato (shabasniki), quisiera prolongarlo más pero su pluma conoce el instante-momento-palabra en que la voz ha terminado su parte. Y emprendemos el regreso.