La extrañeza cotidiana

Luis Felipe Ortega
Simposio Injerto: ¿Afirmar la realidad?
2009
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Desde hace tiempo algo ha sucedido con las maneras de contar, con las maneras en que nos enfrentamos a la narrativa y sus multiplicidades, al vértigo de seguir todavía con la idea de que es posible decir, de que hablar y narrar abre caminos donde la extrañeza vuelve a apoderarse de los sentidos para lanzarnos –literalmente- a lugares donde ha de ponerse en juego nuestra relación con nosotros mismos y con los otros pero desde los límites, desde los bordes de nuestra conciencia, de nuestra concepción de las cosas, del mundo, de la vida, de nuestras historias.

Vivimos tiempos extraños para la escritura, incluso si pensamos en todo lo que se ha dicho –escrito- sobre la posibilidad de no olvidar ciertos géneros literarios –la novela, por ejemplo- nos encontramos con cierta extrañeza en las maneras de escribir: de narrar, de contar historias, de generar todavía un ámbito de ficción. Dije extrañeza, no quise escribir olvido o muerte de la narración. Dije tiempos extraños y quizá debí haber dicho directamente: vivimos una narrativa extraña a ciertos modos en que tradicionalmente se ha narrado. Cambio de las reglas de juego y cambio del lugar del narrador. A la forma -a la acción narrativa- le pasan por encima una serie de acontecimientos que la convierten en un acto que va más allá de la pulcritud para contar y la llevan hacia otros terrenos que ya no quieren –que ya no pueden- quedarse en una cosa acabada y en una cosa cerrada a su forma (incluso a su contenido). Se abre, se disloca, escapa a sus propios parámetros y luego regresa para despedirse de manera silenciosa, con una carcajada o con un gesto.

Sin embargo contamos, sin embargo nos subimos a la aventura de continuar contando historias que pese a haber sido dichas, vistas o escuchadas hasta el cansancio regresan a nosotros para ponerse nuevamente en escena. Vuelven a ocupar un tiempo y un espacio y el que relata (aquél que escribe, aquél que filma, aquél que habla desde un lenguaje particular) corre el riesgo de llevarnos por un camino que ha sido abierto para nosotros, para hacernos partícipes de ese tiempo y ese espacio: hace hincapié en ese o aquél tema, en este o aquél asunto que a él le incumbe y que no sabemos si será para nosotros. Pero ahí está el modo en que él (al hablar, al filmar, al escribir) nos lleva a dilucidar su propia condición, la manera en que decanta ciertas zonas de la (su) realidad para mostrarnos las maneras en que puede encontrar cierta “extrañeza” en las fisuras de la (su) cotidianidad. Y desde ahí después tenemos que salir hacia otra parte, hacia otra realizad y otra cotidianidad.

Injerto es, de muchas maneras, una reunión de esas aproximaciones, de esos juegos donde lo real ha de ponerse en juego para volver a lanzar una serie de prerrogativas que dejan ver –literalmente- una secuencia de zonas, espacios, lugares, sitios, personajes, situaciones, silencios, miradas y movimientos de cámara que en realidad son pretextos para decir, para replantear –irónicamente- los encuentros con el afuera, con el borde de las cosas, con esa línea fina que no nos deja hacer una sentencia categórica de lo que somos. Aproximaciones y no posiciones paradigmáticas, rodeos y no incursión en posiciones dogmáticas, suma de recursos y no el hallazgo puro de una manera de hacer, especulaciones y no un despliegue de frases hechas.

A la pregunta sobre ¿qué podemos decir?, estos artistas responden desde una posición personal, desde una especie de carcajada que los coloca como eje de su acción narrativa. Y en ese sentido los pone en la orilla de su propia condición pues han partido, de alguna manera, de ellos mismos, de la cercanía que pueden tener con aquel lugar hacia donde dirigen el foco de la cámara. Los planos comienzan a sobreponerse muy pronto. Vemos algo en la imagen y el texto no necesariamente la comenta o la potencia o la hilvana para dar paso al desarrollo de la historia, muchas veces van en paralelo, muchas veces se encuentran en un punto (en una secuencia) y luego vuelven a separarse, a continuar con su viaje en paralelo. Se tocan y ese tocarse a veces es solamente un roce, un gesto sutil donde ya no podemos pedir que se aclare que es lo que se está diciendo. Es ahí, en ese momento, donde quizá se da una conversión de la necesidad de contar linealmente hacia las formas de la poesía, al ámbito metafórico, al lugar abierto de las frases que ya son en sí todo un enorme espacio de especulación.

A primera vista, parece que los autores no quieren afirmar nada, que esa posibilidad de decir va en una dirección donde pueden encontrarse con la multiplicidad –como quería Calvino- y no cerrar la frase a su condición unívoca. El devenir de las imágenes no queda supeditada al texto, ni el devenir del texto ha de quedar supeditado a las imágenes.  Y sin embargo se provoca el encuentro y seguimientos una acción o de un lugar. Se inventa desde lo que puede ser afirmado como un hecho, cualquiera que sea porque casi cualquier cosa cobra relevancia, de tal manera que ese casi cualquier cosa desaparece, tiene razón de ser desde su extrañeza.

Hace muchos años que la literatura y el cine se abrieron hacia el acontecimiento, hacia el seguimientos de hechos que quedaron en la memoria colectiva y que luego los escritores y cineastas tomaron como materia prima para reordenarlos desde sus recursos, jugando al desbordamiento del hecho hacia un terreno de existencia propia, donde las palabras y las imágenes volvían a decirnos que estamos muy cerca de la ficción. Siguiendo la ruta de esa manera de contar, la selección de piezas en Injerto vuelve a mostrar que encuadrar la realidad es inventarla y no perder la posibilidad de multiplicar los acontecimientos, los recuerdos, los espacios, los lugares desde un orden que, por suerte, nunca será el orden que nos da el noticiero de la mañana sino aquel que desborda las cosas hacia interior, hacia ese espacio de invención y de riesgo que no deja de provocar extrañeza.