El tiempo cero

Luis Felipe Ortega
La Jornada Semanal, No. 95
7 de abril, 1991
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Paul Bowles, El cielo protector, CNCA/Alfaguara, México, 1990.

Me parece que Paul Bowles quiere poner el rostro de la humanidad ante el espejo. No sumando consecutivamente las caras más conocidas y acumuladas a lo largo de una historia individual, sino restando sistemáticamente las cosas hacia un YO que sólo logra definirse a través de sus decepciones. Jugar a la existencia y atinar a la  cancelación del tiempo: aún con toda la tentación que provoca vivir. De ahí la resta, la certeza de dirigirse hacia un punto donde ya no hay retorno posible como quería Kafka).
En El cielo protector tenemos la historia de tres norteamericanos que viajan por el norte de Africa. El Sahara como escenario para desarrollar, sin complicaciones cultural, un ascenso a la decepción individual de Port y Kit que se dirigen al vacío al no encontrar por ningún lado la esperanza. Desde el primer capítulo, cuando Port despierta y no reconoce su habitación, hay un anuncio de su destino: “Estaba en algún lugar; para regresar de la nada había atravesado vastas regiones”. Es un itinerario impreciso, donde comer, dormir y andar por los constantes desfiladeros de enfermedades contagiosas y hoteles mugrosos, se vuelve un aspecto simplificado de su existencia. Están también los Lyle, turistas sosos que viajan en su Mercedes de una ciudad a otra como si persiguieran a la pareja y su amigo Tunner; personajes que hasta la náusea muestran su estupidez, los Lyle dan la parte de quienes viajan pegados a su camarita para retratar las menudencias de un mundo mísero, para mirar que después de todo siempre hay posibilidades de alejarse de esos espacios y volver a sus ciudades primermundistas.  
Varios comentarios produce la lectura de esta excelente novela, desde el largo tiempo que ha necesitado Bowles para leerse en los países de habla española (el libro se editó por primera vez en 1949), hasta aquellos escritores que vienen a la memoria al seguir la lectura. No son pocos los escritores que han logrado gran maestría al escribir sus viajes, permanecía en un sitio y el enfrentamiento individual que provoca estar ahí (sin que esto implique alguna referencia filosófica). Basta recordar a aquellos viajeros por excelencia y que no dejan de estar próximos al también norteamericanos Paul Bowles, me refiero a la ya legendaria generación beat (Burroughs en Tánger, por ejemplo): No es de sorprenderse, además, que Bowles elija esta parte del planeta para pasearnos por sitios llenos de mierda, de callejoncitos atiborrados de cuerpos tirados sobre la paja para protegerse del sol (y del cielo), a ese interés personal por esos lugares viene también la condición de sus personajes, que prefieren estar en estas ciudades que en los Estados Unidos: Port siguiendo pacientemente el camino desprotegido del cielo para perder cualquier tipo de esperanza (aun cuando se siente vacío al perder su pasaporte), y su mujer, cuidándose del  fatalismo, de los presagios de la muerte (“Ahora no recordaba la muchas convenciones que había tenido en torno a la idea de la muerte, quizás porque no hay idea de la muerte que tenga nada común con la presencia de  la muerte”). No me sorprende que El cielo protector sea un espacio y esté poblado de una constante desaparición del tiempo en que la pareja comete “el error fatal de considerar vagamente al tiempo, como si no existiera. Un año era igual que el siguiente. Finalmente todo llegaría”. Pero el qué llegaría a el a dónde irían es el preludio para anunciar el fin de  la esperanza, donde finalmente ya no se encuentran (todos quieren deshacerse de todos). En El cielo protector no dejan de recordarse aquellas palabras de Walter Benjamín: “Sólo gracias a aquellos sin esperanza”. Pero bueno, también Bowles quiere vivir con la esperanza de que se puede vivir con el conocimiento indiscutible de que no hay esperanza.