El Espacio entre R. Smithson y J.L. Borges

Luis Felipe Ortega
El Comején, No. 4
Enero - marzo, 2012
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La pregunta sobre cuándo se comienza a ser maestro no está nada lejana a su acompañante: cuándo se comienza a ser artista.  Más allá de las falsas (o verdaderas) vanidades, sin duda es una pregunta compleja donde los tiempos son tramposos, inasibles y, lamentablemente, irreversibles.

/ Al salir de la Universidad muy pronto me volví parte del gremio de escritores, eso vale dado que estaba publicando regularmente en suplementos culturales donde aparecían los escritores que yo había leído y, me interesara o no, eran las plumas que circulaban y a las que mi generación tenía acceso, eran las plumas que podían leerse desde una contemporaneidad que nos atravesaba.  Más viejos unos o más jóvenes otros, estábamos compartiendo una serie de eventos sociales, políticos y culturales que permitían que nuestras voces se reunieran a través de soportes impresos.

/Por alguna razón nunca me sentí parte de ese gremio.  /  Ni las pocas tertulias a las que llegué a asistir en alguna cantina del centro de la ciudad de México, ni los cafés con uno que otro escritor que encontraba en la redacción llegaron a parecerme lo suficientemente interesantes como para dejar mi tiempo en esos lugares.  Pronto regresaba a mi pequeño estudio y pasaba mejor las horas.

/ En el fondo ya era un solitario. /

También muy pronto me invitaron a dar clases a la Escuela Nacional de Artes Plásticas de la UNAM y me vi frente a masas de jovencitos que querían convertirse en artistas.  No puedo recordar el número pero a mí me parecía que eran toneladas de cuerpos apretados en la pequeña aula de esa escuela.  Sin embargo, ahí me sentí mucho más tranquilo.  Mi timidez no me permitía quedarme después de las clases y entonces me alejaba de La Noria, allá en Xochimilco, para regresar a hacer mi nota semanal para el periódico.  Digámos que no había dejado la escritura, pero sí me había quedado claro que no sería con los escritores con quienes compartiría mi tiempo.  Ahora parecía que tampoco con los estudiantes.  /

Abandoné también aquella escuela al poco tiempo.  Comencé a realizar “seminarios extra-muros”, pequeños cursos que impartía en mi casa y a los cuales regularmente asistían exalumnos y amigos.  Una de las razones por las que abandoné la ENAP fue porque no me sentía capaz de engañar a esos jovencitos desde un conocimiento que no sentía tener.  Y por otra, porque no me interesaba rellenar un programa de contenidos con los que no estaba de acuerdo y que, además, tenía que estudiar como loco para tratar de ordenar una información que no había memorizado del todo.  Quería hablar de mis obsesiones filosóficas y literarias, quizá, de lo que podía hablar mejor.

Muchos años después me invitaron a dar clases en La Esmeralda, la Escuela de Artes Visuales del INBA.  Ahí me sentí mejor, habían pasado muchos años desde la ENAP y creo que había tomado claramente otros rumbos.  Algo que me dejó verlo claramente fue que mis primeros estudiantes de arte de aquella escuela ya eran mis colegas, compartíamos espacios de exposición o discusiones del arte contemporáneo en términos iguales, / ¿Me había convertido en artista? / En algún momento de ese cruce, sobreponiéndose, me encontré con un grupo de artistas que comencé a frecuentar cada vez más y donde las horas se alargaban entre cervezas, visitas a exposiciones o por la invitación de algunos de ellos a platicar de lo que estaba produciendo.  Muchos de esos personajes se habían formado como artistas, es decir, habían asisitido a una escuela de arte.  Lo cual ya era representativo para mí de alguien que tiene claro qué quiere hacer en la vida.  Unos cuantos nos habíamos formado de una manera autodidacta, intentando, tratando de llegar a algún resultado luego de muchos fracasos.  Las reuniones eran para mí bastante enriquecedoras en todos los sentidos y el humor siempre estuvo presente.  Al tiempo que corrían las reuniones también circulaba información sobre ciertos artistas que me parecía valiosa por sorprendente, en mi limitado rango de aproximación a esa disciplina.  Ahí me quedé y comencé a mostrar tímidamente algunas de las cosas que estaba trabajando.  Me acompañaba sobre todo el video como una herramienta de registro, misma que compartía con este grupo de amigos.

/No podía sentirme artista.  En el arte, como en cualquier ámbito, se requiere pasar por demasiados rituales como para asumir tempranamente que esa cosa es una cosa artística.   Silencio. / La suma de tiempo y experiencias fueron poniendo esas imágenes y objetos en un contexto artístico.  En espacios que se adecuaban para ser mostrados.  En situaciones que generaban un entendido:  lo que estaba sucediendo ahí era arte.  /  La posibilidad de echar mano de otros recursos (la escritura) permitía que las largas sesiones, paseos, juegos de billar y muy largas especulaciones, algo pudiera ponerse por escrito, para dejar una memoria textual.  Y entonces regresaba el momento de la escritura.

/La academia no estaba lejos.  Estaba siempre muy cerca y desde que llegué a La Esmeralda me sentí acompañado por el mismo gurpo de amigos con quienes ahora teníamos una plataforma estable en donde movernos (y venía la tarea de desestabilizarla, de jalarla hacia otro lado).  /  Ahí encontré nuevos amigos.  Artistas a quienes comencé a admirar muy pronto y de quienes he aprendido mucho.  / En la Esmeralda comencé enseñando Teoría del arte.  Luego Teoría de conocimiento visual.  Luego Seminario de titulación y finalmente Taller de producción.  Me cursé completa la carrera de artes visuales.  Veían el desarrollo de las piezas.  Un alumno me preguntó un día e qué momento un ejercicio se volvía pieza.  Le dije que cuando él lo decidiera.  Se soltó a reír.  Me dijo: ahora tengo una pieza.  Ok, cambiemos de tema.

/ Cambiar de tema implicaba de alguna manera regresar a las viejas discusiones, a hilvanar una serie de intenciones, de acciones visuales y sus consecuencias en términos de lenguaje.  Implicaba regresar a zonas donde el pensamiento es una herramienta más de la comunicación… y alejar la obra de esa zona: ahí donde es otra cosa y no participa (no dice) lo que cree que está diciendo (como la información).

/ No sé en qué momento me convertí en artista.  No sé en qué momento me convertí en maestro.  No sé en qué momento dejo de ser maestro para convertirme en artista.  / ¿Es posible enseñar desde un sistema que adolece de la posibilidad de comunicar?  Creo que ésa es la gran herramienta del artista para acercarse y ser parte de la academia.  No se enseñan sistema de comunicación sino campos de experimentación intelectual.  De modo que no se puede dejar de ser artista para enseñar o solamente es viable enseñar desde esa plataforma donde las cosas no siempre son lo que son.

/Cada cierto tiempo necesito regresar.  Necesito conocer modos en que artistas mucho más jóvenes que yo están entendiendo su tiempo y la manera de enfrentarlo, desde sus intereses.  Generalmente me pormeto no regresar a ese terreno y quedarme trabajando en mi estudio, en silencio.  Generalmente suelo volver.  Generalmente me doy cuenta que no puedo coordinar de manera ordenada lo que sucede en una aula en el lapso de dos horas.  Generalmente empiezo en un punto y termino en el extremo contrario.  Generalmente sé que no se está entendiendo nada de lo que digo y que a muy pocos les interesa el largo tejido que puedo hacer entre un tema y otro, en la referencia entre un artista y otro.  Muchas veces comienzo con Céline y termino con Nauman.  Comienzo con Smithson y termino con Borges.  Quizás es otro de esos momentos en los que debo alejarme y guardar silencio. /Quedarme, por fin, callado.