El aire en medio (o the air in between)

For Sir Crispy, Sally-tintulú, Mi-colú, Yiud, Siouxsie, Toto, Berni-bernini, and Chimini
Guillermo Santamarina
Así es, ahora es ahora
2010
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El escrito comienza con la recuperación del pensamiento. El tiempo en que se mueve el pensamiento es hostilmente veloz. Sin embargo demanda este escrito el cumplimiento de su rol, si no ¿para qué convocarlo? Detrás de esa carrera por asir las ideas  -¿no son inalcanzables?- el trabajo intenta mantener un paso firme en algún expediente digital, presumiblemente siempre eficiente, o por lo menos, material, apoyado de lo que alcanza a enfocar la mirada o de lo que penetró por el oído.

El escrito también cumple con sus graduaciones de hostilidad. No es siempre dúctil (se parece mucho al mercurio), ni se afloja con atomizador para la garganta infectada. La boca es, paradójicamente, el canal más suelto por donde caen la mayor parte de las excreciones. El oído es, en consecuencia, el depósito de mucha porquería. Y la razón, cañería…ha de ser el fontanero, un caprichoso amigo.

El escrito no es arte, es exploración de un terreno seguro para sembrar una, y sí se puede, otra palabra. Quedan las palabras como tumbas en el cementerio, y ahí, afortunadamente, vuelven los gusanos que se llevan los pájaros, y el mármol con las que fueron construidas, al fin, se quiebra revelando el curso de sus vetas que reviven en emprendedora mirada, el impulso del arte.

En la piedra que enmarcó el silencio de los muertos y el trabajo de las criaturas nanas, el pensamiento, enlazado a ese fenómeno urgente que reconocemos como conciencia, corre por las líneas de certidumbre palmaria,  señales de sublime condición orgánica y de su trabajo, la comprobación de los flujos que nutrieron y hostilizaron su naturaleza.

La naturaleza por sí misma es suficiente. El pensamiento parece no serlo, no estoy seguro. El pensamiento funcional no es operación natural. No se funda únicamente en el instinto, aunque éste determina los matices de su coloratura. Y yo, con todos estos poros y pecas, grandes orejas, y ojos que van perdiendo foco -que cabrón disgusto- intento estar convencido -como proponen tantos ejemplos de inspiración vital, de los cuales no me apetece ahora acreditar con nombres- que todas las formas de trabajo que ocupan los tiempos de muchos vivos pensantes, se apean -para no caer en sus propios precipicios- con aliento poético.

El escrito sonroja por su ingenua audacia en los intentos por controlar energía vital. Olvida por un momento que la inteligencia es vigorosamente hostil cuando notamos que las cosas son enlazadas por realidades aún más allá de nosotros, y por nuestras ridículamente singulares negociaciones de fundamentación, con todo lo que eso incorpora.

Y ahora digo que estoy avasallado otra vez en el intento de fundamentar la ruta que siguen las líneas dibujadas en un mármol; verde piedra, verde yo…¿o no estaré más bien ya muy podrido?

Leo las ideas introductorias con las que en 1935 Carlo Belli intenta dar sentido a una esperanzada expansión del arte (“Kn”). No puedo evitar acordarme qué tan frágiles somos, además de angustiarme sólo con la breve imagen de un océano que forman los fundamentos que consecuentemente bregan por alcanzar eso, preguntándome por qué no he tomado todavía mi medicina, manteniendo deferencias con las maniobras oscuras de volcano the bear –no cualquier tarea, compadre- , y con todo –ya no diré, a pesar de-, simularme una plataforma de comprensión digna para la experiencia de mirar y escuchar el tríptico (Solar, 2009; Macapule 2009; Xiriah 2010) de Luis Felipe Ortega e Israel Martínez.

“Los derechos del arte -asevera Belli- comienzan donde terminan aquellos de la naturaleza”. Trato de reconocer la frontera que propone airosamente, sin pasar a las otras sentencias que conforman su canon. Supongo que más adelante, cuando restituya dimensiones, podré ubicarla porque he permanecido mucho tiempo observando las capas y venas que la atraviesan en las tres obras de la asociación de estos dos artistas. Una observación, por cierto, que demanda volver a sus superficies varias veces para que en cada ocasión, sienta el peso de lo que las imágenes han capturado de la indómita naturaleza o de la actividad humana, quizá poética, quizá banal. Y, no, no logro hallar los límites de una energía de cara a la otra suma de materias.

“Observantes del orden, les tenemos un profundo respeto a los unos y a los otros”. Desconfío de este panorama y me precipito a intervenirlo: observante -en singular- de los ordenes, me propongo respeto a la sinergia inevitable que de ellos dos y de mí fluye…recupera mi visión interior momentos del conjunto que las fotografías del entorno poderoso, las estrías sonoro eléctricas, y las por lo menos tres distintas disposiciones físico-intelectuales han comprimido en mi tiempo y espacio mental.

Luego también recuerdo que no siempre estoy dispuesto a sumergirme profundamente en respetos a fenómenos que vibran y circulan por la realidad transurbana, de la cual prefiero no notar más su hostilidad.

Continúa Belli en su Homenaje a la Naturaleza: “el arte que invade el mundo natural, no es más que la manifestación de una poltronería organizada que aspira a la vida parasitaria. Una reacción ante aquél espíritu que impone el trabajo al cerebro. Una deserción al deber.” Ah, órale, ha de estar despotricando de los paisajitos que se llevan a la sala para adornar una realidad repleta de cosas que sólo están ahí para usarse o para que no te ahogue la corriente que ningún canal del desagüe pudo ya contener.

Pero, ¿cómo salvaguardarnos las víctimas de una circunstancia irremediable que está tan profundamente asociada con la vida parasitaria? ¿o cómo, por lo menos, matizar las cotidianas y hostiles manifestaciones de poltronería que también nosotros, involuntaria y voluntariamente por necesidad, organizamos y perpetuamos? (Yo por mi cuenta, odio a los carros, me son sumamente hostiles...).

En Solar, aparecen personas realizando algo, quizá una tarea importante. Sucede en un contexto desolado, las dunas cercanas a un fastuoso correr de agua, o en la parte baja de un revuelo cósmico, donde en el suelo hay algo que significa una diferencia. O también, en la jornada de un ambiente fabril concentrado en la industrialización de hilos que bien puede ser que dan sentido al concepto de deber, o a la no deserción a los artificios que sostienen vidas.

Al mismo tiempo, con lo que despliega la parte sonora del vínculo, parecen también surgir acentos a aquellas preguntas que nos remiten otra vez a nuestra inestable identidad singular (por la energía de nuestra propia disposición melancólica), que también se dispara a otras dispersiones que nuestra memoria naturalmente ha guardado y vuelve a proyectar. Esta otra fuente, suma de ruidos, fluye, coincide momentáneamente con el panorama, lo nubla, y luego continúa en su cauce, su cuenta, su trabajo, su destino hacia el silencio.

Pasando a la siguiente afirmación de Belli que dice que “la naturaleza se convierte, entonces, en el cómodo gancho sobre el que se cuelga el arte” sólo creer que esa condición también será –desde otro punto de vista, paradójicamente- la que nubla aún más la supuesta separación continental de la naturaleza y el arte, junto con sus supuestos derechos, y que quizá en la contradicción aparece la justicia de una circunstancia fusionada, no despreciable por su modernismo, no necesariamente degradante para uno u otro de esos entes que pueden confluir en conciencia, y en compromisos que puede asumir el artista, si le da la gana.

El señor Belli, sin embargo, manifestó categóricamente su disposición de no confundir: “Nosotros queremos liberar a la naturaleza de esta servidumbre liberando al arte de la naturaleza.” Qué misión tan…¡monumental! que, por cierto, a poco éxito llegó, ni en los heroicos episodios de conquista de la arquitectura y la ingeniería, y mucho menos ante las trágicas avanzadas de la subordinación de la libertad, firmes en tantas confrontaciones bélicas, o con los eficientes procedimientos de ignorancia funcional que la cultura mediada nos impone.

Inútil dudar que en esos aspectos del infrenable panorama urbano contemporáneo no estuvo relacionado el arte. El proyecto de Belli se queda en un grado incipiente de lo que inevitablemente sucederá al arte. Estaría entonces –como hoy- siendo parte de la evolución estética integrada a modelos de diseño, o en caracteres tecnológicos, o en las infinitas extensiones de tradición de progreso y de crítica al mismo tiempo. Justamente en la operación-redención de esos estrangulamientos a la naturaleza, también han de fructificar las resistencias: con el trabajo artístico asociado con nuevas exigencias de humanismo, con la defensa o incluso las contradicciones y cinismos que surgen de la voluntad expresiva que fundamenta al arte, y hasta en las posibilidades que otorga a la conciencia no ordinaria desde la condición marginal que el pragmatismo le impone a la inteligencia, la creatividad y el inextinguible fervor romántico.

El escrito de Belli, manifiesto de –creo- una oblicua urgencia finalmente a favor del arte, termina asentando: “la naturaleza del arte, en vez, del arte de la naturaleza”, supongo que hacía el éxtasis del proceso humano (configurado por sus capacidades motrices e intelectuales, finalmente naturaleza) que sería –es- el cimiento del orden urbano, que en las condiciones históricas presentes no puede uno afirmar, de menos, que es un desastre.

En Xiriah, la tercera pieza del tríptico de Ortega y Martínez, la mirada subjetiva va “adaptándose” a las circunstancias formidables que la naturaleza del entorno impone (arenas de tierno rosado que en la sombra de la tarde son polvo chocolate, en la penumbra son oscuros entes de una exaltación mística, como sucede con el mar a un lado, que de un tono tierno va transformándose a un cobalto trágico). A medida en que la mirada va sintiéndose menos insegura se fija –temblorosa- en las formas de una arquitectura fantasmal. Los sonidos que acompañan a la experiencia son subrepticios como podrían ser las marcas en la arena que rodea a la mirada (es impresionista, pero afín a las augurios dramáticos de Turner, el pintor de tormentas en el mar, y a composiciones de Ligeti, que sin duda también fueron fundadas en el tránsito del paisaje). Allá, en lo que la mano y la inteligencia del hombre poco parecen poder hacer para controlar la magnificencia del entorno, se libra diariamente la batalla de potencias, y se suben a un episodio de esa conflagración por lo menos otros tres concurrentes más.

La sinergia del arte de la naturaleza es reciproca a las evoluciones de la naturaleza del arte. El arte es hostil a la naturaleza, pero qué decir del control que impone la naturaleza al arte. Con eso termina el escrito. No sé si es arte. A lo mejor nada más es mi obligación natural de trabajar…y volver a creer que no se está mal vivo, con los perros y el gato que todavía no se han ido, a pesar de tanta catástrofe.