Dialogar con el cadáver

Oscar Benassini
La Tempestad, No. 93
Noviembre - diciembre, 2013
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El libro Doble Exposición (expandida), de Luis Felipe Ortega, fue publicado por la galería Marso en colaboración con la Colección Jumex.

En 1998 Peter Fischli y David Weiss (fallecido al año pasado) hicieron pública una serie de fotografías de flores realizadas con doble exposición.  El ejercicio consistió en que uno de los artistas debía sacar una foto a una flor sobre el negativo previamente usado por el otro.  Se puede hablar de Blumen (o Flowers, como se conoce al conjunto de cromos florales) como una colaboración que nos revela al doble más abrumador y bello de la cotidianidad.  El editor Jörg Heiser incluso comparó sus visita a uno de los montajes proyectados de las fotografías con una experiencia psicoldélica, lo que nos habla de la tremenda carga sensorial del trabajo de Fischli & Weiss.

En 2003 Jake y Dinos Chapman compraron un conjunto genuino y en perfecto estado de las estampas de Goya Los desastres de la guerra, para interevenirlo con dibujos carnavalescos.  A pesar de que los macabros hermanos ya habían  mostrado reverencia por el trabajo artístico del maestro español, no faltó quien comparó la intervención con una profanación; otros simplemente la tomaron como una más de las travesuras del dueto británico.  En palabras de los Chapman, ellos simplemente estaban “rectificando” una obra de Goya que, a su juicio, resultaba sospechosamente moralista.

Luis Felipe Ortega (México DF, 1966) es uno de los artistas más potentes de Latinoamérica.  Su registro creativo alcanza, con la misma energía, los soportes temporales que los espaciales, dentro del mismo ámbito contemplativo (¿filosófico?).  Su trabajo más reciente –al que le antecede una nutrida muestra de dibujo escultórico en la galería Marso– es Doble Exposición (expandida), un libro formado por las láminas de uno de los catálogos de Flowers de Fischli & Weiss, en las que Ortega pintó una rigurosa retícula de rectángulos de distintos colores.

En tanto intervención pictórica, la pieza de Ortega plantea una nueva forma de ver el trabajo de los suizos.  A la vez, el acercamiento que supone la atención a la materialidad del ¿libro? –cuya manufactura tomó casi un año– sugiere una reflexión en torno a la acumulación de tiempo o, en palabras de Groys, »pasar por la estrecha puerta del aquí-y-ahora».  Sin embargo, un post mortem más elaborado nos permite conocer que, ahí donde los Chapman colisionaron, casi del mismo modo en que Rauschenberg lo hizo con De Kooning décadas antes, provocando la simbólica muerte del padre, Ortega, de forma acertada, da continuidad a un trabajo colectivo previo, una experiencia de lenguaje compartido que reta los conceptos de propiedad y autoría, lo que lo sitúa dentro de lo que Cristina Rivera-Garza llama desapropiación.