Bolaño - Duchamp, encuentro

Luis Felipe Ortega
Generación, año XVII, No 63
2005
Compartir

Me pediste una nota a propósito de Duchamp. Hace un año organizaste una exposición y con gusto te di una de mis piezas para que las expusieras ahí, en esa especie de refrendo de amistad más que de un homenaje luctuoso para el francés caído el 2 de octubre. Hace un año nos reunimos en la casa FRISAC y ahora lo hacemos en este volumen de imágenes y textos. No podría sino acercar acontecimientos de una manera azarosa al referirme nuevamente a Duchamp, al referirme a ese grupo de gente que lo sigue festejando con ganas de faltarle al respeto, con ganas de decirle que gracias por el ready made y que aquí seguimos con ese espíritu donde pocas certezas hay en lo que al arte y a la vida se refiere. ¿Lo seguimos? No sé, nada más que cada que se acerca el 2 de octubre recibo una llamada tuya y entonces… va, lo hacemos… por qué no.

En eso andaba cavilando cuando me encontré con un regalo de cumpleaños, un libro que Daniel me ofreció como una penitencia, 1125 páginas de historias cruzadas, de citas encontradas de referencias absurdas en una novela donde las muertas Juárez ocupan un lugar privilegiado. Otra vez Roberto Bolaño viene a contarnos nuestra historia, ya nos contó lo del ambiente literario en la Ciudad de México en los ochentas –Los detectives salvajes- y ahora en 2666 nos viene a contar esa historia que viene del norte.

Hay un personaje admirable ahí, un profesor que abandonó España para venir a trabajar a México, a un pueblo del norte en la Universidad de Santa Teresa, en Sonora, en un centro de  investigación. Un hombre que había abandonado su espíritu en algún amor y que se dedicaba al juego intelectual, a la filosofía y la geometría.

Amalfitano es el nombre del personaje. Hurgando entre sus libros fue a dar con un tratado de geometría que no recordaba y que no entendía cómo había venido a parar hasta una de esas cajas que llegaron de España, le preguntó a Rosa, su hija adolescente, si era de ella y Rosa respondió que jamás lo había visto. Obsesionado, Amalfitano estuvo pegado a ese libro por muchas horas, como si presencia o el desconocimiento de su presencia ahí le estuvieran taladrando su enorme lista de pensadores, teóricos y matemáticos que desfilaban por su mente. El Testamento Geométrico de Rafael Dieste, era el libro en cuestión.

La novela hace un alto, ensaya entonces Bolaño a través de Amalfitano un pieza: El Testamento Geométrico es llevado hasta un tendero y dejado ahí par que el viento, el polvo y la lluvia hagan lo suyo en él. Y entonces Bolaño-Amalfitano, cita a Calvin Tomkins, biógrafo del francés. Hago pues la transcripción como un refrendo de amistad a mi querido Alberto, a Bolaño y a Duchamp:

Con motivo de la boda de su hermana Suzanne con su íntimo amigo Jean Crotti, que se casaron en París el 14 de abril de 1919. Duchamp mandó por correo un regalo a la pareja. Se trataba de unas instrucciones para colgar un tratado de geometría de la ventana de su departamento y fijarlo con cordel, para que el viento pudiera ^hojear el libro, escoger los problemas, pasar las páginas y arrancarlas^… Puede que la falta de alegría de este Ready-Made malheureux, como lo llamó Duchamp, resultara un regalo chocante para unos recién casados, pero Suzanne y Jean siguieron las instrucciones de Duchamp con buen humor. De hecho, llegaron a fotografiar aquel libro, abierto, suspendido en el aire –imagen que constituye el único testimonio de la obra, que no logró sobrevivir a semejante exposición a los elementos- y más tarde Suzanne pintó un cuadro de él titulado Le Ready-Made malheureux de Marcel. Como explicaría Duchamp a Cabanne: “me divertía introducir la idea de la felicidad y la infelicidad en los ready mades y luego estaba la lluvia, el viento, las páginas volando, era una idea divertida”… En los últimos años, Duchamp confesó a un entrevistador que había disfrutado desacreditando “la seriedad de un libro cargado de principios”, como aquél y hasta insinuó a otro periodista que, al exponerlo a las inclemencias del tiempo, “el tratado había captado por fin cuatro cosas de la vida”.

Alberto, me despido con estas palabras de Duchamp, me sigue gustando la idea del arte como un lugar donde se pone en juego la idea de felicidad. Un fuerte abrazo.